De Mesmer a Coué: los precursores de la atención y la sugestión
Curiosamente, en Occidente el interés moderno por el entrenamiento de la mente nace en la misma época que la vida laboral moderna: el Siglo de las Luces y los inicios de la Revolución Industrial.
Franz Anton Mesmer (1734–1815), médico alemán afincado en Viena y después en París, creía que existía un “magnetismo animal”, una especie de fluido invisible que podía manipularse para curar. Sus sesiones provocaban en sus pacientes estados de concentración y trance muy llamativos, hasta el punto de que su apellido dio origen al verbo inglés to mesmerize, “hipnotizar” o “cautivar”. En 1784, una comisión real francesa de la que formaban parte Benjamin Franklin y Antoine Lavoisier concluyó que el supuesto fluido no existía y que los efectos se debían a la imaginación. Visto hoy, ese veredicto contenía una intuición enorme: la atención y la expectativa tienen efectos reales sobre la mente y el cuerpo. Décadas después, el cirujano escocés James Braid acuñó el término “hipnosis” y la estudió como un fenómeno de atención concentrada.
El siguiente gran nombre es Émile Coué (1857–1926), un farmacéutico francés de Nancy que observó que la confianza con la que sus clientes tomaban un remedio influía en cómo se sentían. Desarrolló un método de autosugestión consciente resumido en una frase que se hizo mundialmente famosa: “Cada día, en todos los sentidos, me siento cada vez mejor”. Como los antiguos yoguis con sus mantras, Coué intuyó que la repetición silenciosa de una frase puede influir en nuestro estado mental. Sus palabras son casi infantiles, y en esa sencillez está parte de su fuerza.