La teoría de la autoafirmación. En 1988, el psicólogo Claude Steele propuso que todos buscamos proteger la percepción de que somos personas íntegras y valiosas. Cuando algo amenaza esa imagen — una crítica, un fracaso —, nos ponemos a la defensiva. Pero si antes nos recordamos lo que valoramos en otros ámbitos de la vida, la amenaza pierde fuerza y podemos responder con más apertura.
Lo que muestran las resonancias. Cascio y colaboradores (2016) pidieron a un grupo de adultos que reflexionaran, dentro de un escáner de resonancia magnética funcional, sobre sus valores más importantes. Al hacerlo se activaban regiones relacionadas con el procesamiento del yo (como la corteza prefrontal medial y la corteza cingulada posterior) y con la valoración y la recompensa (como el estriado ventral). El efecto era más claro cuando las afirmaciones se orientaban al futuro: no solo “lo que valoro”, sino “cómo quiero vivir eso”.
Del cerebro a la conducta. En un estudio relacionado, Falk y colaboradores (2015) encontraron que adultos sedentarios que se habían autoafirmado mostraban más actividad en la corteza prefrontal ventromedial al recibir mensajes sobre salud, y que esa actividad predecía cuánto reducían su sedentarismo durante el mes siguiente. Afirmarse parecía hacerles más receptivos a un mensaje que, de otro modo, podría haberse vivido como una crítica.
Efectos reales, pero modestos. Un metaanálisis de Epton y colaboradores (2015) concluyó que la autoafirmación tiene efectos pequeños pero significativos sobre la aceptación de mensajes de salud, las intenciones y la conducta. Y la revisión de Cohen y Sherman (2014) muestra que, en algunos contextos educativos, breves ejercicios de escritura sobre valores se asociaron con mejoras duraderas, aunque no en todos los estudios. Lo interesante es el tipo de afirmación que se usa en estas investigaciones: no frases de autoelogio, sino reflexiones sobre valores personales.