La cultura de las 3 Des: distracción, dispersión y despiste
El ermitaño francés Charles de Foucauld escribió hace más de un siglo que la mayor miseria del ser humano es su dispersión: estar en muchas partes y en ninguna. Hoy esa frase suena más actual que nunca. Distraídos y dispersos son dos rasgos cada vez más comunes en nuestra sociedad — podríamos llamarlo la cultura de las 3 Des: distracción, dispersión y despiste.
Nuestra atención vagabundea de una aplicación a otra, de un vídeo a otro, de una pestaña a otra, a toda velocidad y sin saber dónde detenerse. Atendemos a muchas cosas, pero durante periodos tan cortos que vamos perdiendo la habilidad de elegir conscientemente dónde poner la atención.
La investigación apunta en esa dirección. Ophir, Nass y Wagner (2009), de la Universidad de Stanford, compararon a personas que usaban muchos medios a la vez (mensajes, vídeos, navegador, música) con personas que lo hacían poco. Contra lo que cabría esperar, los “multitarea” intensivos se distraían más con estímulos irrelevantes y rendían peor al cambiar de una tarea a otra. La multitarea no los había entrenado para concentrarse; más bien al contrario.
¿La solución es intentar no pensar en lo que nos distrae? Tampoco. El psicólogo Daniel Wegner y su equipo (1987) pidieron a un grupo de personas que, durante unos minutos, no pensaran en un oso blanco. Pensaron en él una y otra vez, y cuando después se les permitió pensar libremente, el oso apareció todavía más. Wegner llamó a este efecto proceso irónico: cuanto más intentamos apartar un pensamiento, más se impone. La salida no es suprimir, sino aprender a relacionarnos de otra forma con lo que aparece — y para eso necesitamos recuperar el foco.