La meditación como entrenamiento de la consciencia
La atención plena — mindfulness — es la capacidad de estar presentes de forma deliberada: reposar en el único momento que tenemos, el aquí y ahora, observando lo que surge en la mente y en el cuerpo sin intentar cambiarlo de inmediato, sin juzgarlo, sin identificarse con ello.
Puede sonar simple, pero es una habilidad — y como toda habilidad, requiere práctica constante. La meditación es el espacio formal donde entrenamos esa habilidad. No es una práctica para vaciarse la mente ni para alcanzar estados de éxtasis. Es, más precisamente, el entrenamiento de la capacidad de observar la propia experiencia: los pensamientos que surgen, las emociones que los acompañan, las sensaciones físicas que aparecen y desaparecen.
Con el tiempo, esta práctica produce cambios reales: aprendemos a estar menos atrapados en la cabeza, a ser más conscientes del cuerpo y del momento presente, y — según la investigación en neurociencia — alteramos físicamente la arquitectura del cerebro, reforzando las conexiones que sustentan la regulación emocional, la atención y la compasión.
Una de las primeras preguntas que se hace cualquier persona que empieza a meditar es: ¿cómo me siento? ¿Puedo meditar acostado? ¿Tengo que cruzar las piernas? ¿Hay una postura correcta?
La respuesta es más matizada y más liberadora de lo que suelen sugerir las imágenes de meditadores en postura de loto: la postura correcta es aquella que le permite al cuerpo estar cómodo y alerta al mismo tiempo — y que envía al sistema nervioso la señal de que es seguro descansar.